Por fin de vuelta en el hogar. Nunca creí que sería tan duro llegar, llegué a pensar que me quedaría en el intento... pero no, al final lo hemos conseguido.
Y oye, así con la tontería he aprendido alguna que otra cosilla, como hacerme una experta con el destornillador, que era agarrarle y ponerme a desmontar muebles como loca, incluso experimenté una pequeña baja laboral cuando se me cayó la puerta del armario en el pie (sí, esta imagen pega más en mí que la de verme en tareas de bricolaje...) y no os voy a decir que no duela, porque duele muchíiiisimo.
Casi tanto como me duelen ahora mismo los brazos y cada músculo de mi cuerpo, que hay algunos que creo que estoy descubriendo ahora, pero ¿qué otra cosa se podía esperar de bajarse a pulso por 5 pisos todos y cada uno de los muebles y demás cosas de la casa? Pues eso, unas agujetas bastante fuertes.
Y ya, para darle toques de mayor aventura, pues coger un coche alquilado esa misma noche de mudanza para volver a Santander y tener que buscar un hotel por el camino, y no encontrarlo hasta las 4 y media de la mañana... ¿quién iba a pensar que estarían todos completos?
Y después de eso, dormir 4 horitas y de nuevo a la carretera, llegando justísimos para devolver el coche, ¿acaso no es ésta una gran aventura? Para mí sí lo ha sido, pero al menos he conseguido llegar sana y salva.
Ahora sí que definitivamente quedó todo atrás, quizá cuando la chica de la agencia cerró con llave la puerta del piso y me di cuenta de que ya no podía volver a entrar. Parecía que ahí dentro quedara la ciudad entera, su gente, los días allí vividos, las fiestas, las risas, los nervios antes de los exámenes, los días de frío y los de calor...
Parece que había cosas que ya no entraban en la maleta, pero sé que siempre quedarán ahí, y lo mejor de todo es que ahora vendrán otras nuevas, eso sí, cuando me recupere del viaje, que creo que me llevará lo suyo...









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